ENTRE RAJAS: Una alegría pa’l cuerpo

Para darle una alegría al cuerpo estaremos este domingo en Can Batlló en el cabaret-vermut de cuerpos que organizan Les Atakás, haciendo la sesión Entre Rajas. Patri Heras, In Memoriam”, con Helen Zorra Suprema, Majo PostOp, DJ Doroti, Klau Kinki, y una invitada sorpresa.

texto via namenlosen
Cuerpo paria.
Estigma tatuado.
Rechazo siempre al acecho.Sos una puta.
Sos gorda.
Sos fea.
Sos chica.
Sos vieja.
Estás loca.

Sidoso asqueroso.
Hembra feminazi andá a lavar los platos.
Lesbiana frígida.
Das asco.
Maricón de mierda.
Bollera malfollada.
Trola asquerosa, chupámela.

Pero, entonces, ¿uno hace de madre y el otro de padre? ¿O cómo es?
Las lesbianas son flacas y llevan el pelo corto.
No les gusta que se la metan.
Odian a los hombres.
Estás demasiado buena para ser lesbiana.
Lo que te falta es una buena polla.

Esta lista de insultos no son una poesía postpost sino un compendio de cosas que me han dicho o que han dicho a gente que estaba conmigo. Pensad en esto:
Los oídos captan el sonido. Pero el sonido pasa en el cerebro. Escuchar es una actividad mental.
No es lo mismo escuchar una nana que un insulto.

“El sonido no es sólo sensación: es información. Nuestra experiencia del sonido no es meramente física. Es emocional. Porque no podemos cerrar los oídos como cerramos los ojos, somos más vulnerables al sonido”. Paul Rodaway

Un insulto no es una palabra, es una declaración de intenciones, una promesa de que algo malo, cualquier cosa, te puede pasar.
Tendemos a olvidar lo que nos hace daño. Pero el cuerpo recuerda.
El cuerpo que recuerda se encoje detrás de cada insulto. De ahí la rabia.
El cuerpo insultado esconde dentro de sí aquello que “mejor no sacar”. El “podes ser cualquier cosa pero que los demás no se enteren”. No hace falta ostentar. De ahí el orgullo gay, la necesidad de salir a la calle de manera estruendosa, más allá de todo insulto.
Pero a veces, cuando te has desprendido de todo, cuando no tienes a qué cogerte, cuando te debates entre los riesgos de la imaginación y la comodidad de la tradición, te dan ganas de claudicar, te cansas y quisieras ser “normal”. Entonces tu cuerpo empieza a tener contracturas. Dolores de espalda. Crisis de ansiedad. Comas etílicos. Bajones anfetamínicos. Purgas metódicas. Pesadillas. Desconfianza. Necesidad de aislamiento. El cuerpo se funde con el edredón y entonces el orgullo se olvida, como se olvidó el insulto. Pero se acuerda del espacio que definió al insulto.
Por eso no es el orgullo lo que hace optimistas a las personas que van en sillas de ruedas, a las ciegas, a las que sufren dolores crónicos, a las sidosas, las pobres, las sucias, las gordas, las feas, las viejas, las parias, las que no aguantan el ninguneo, el maltrato, el eterno segundo plano. Es la voluntad de vivir, la búsqueda de la felicidad como un ejercicio a contracorriente, la experiencia del momento chungo que no querés repetir, el saber que hay más por ganar que por perder. El derecho a vivir. La obligación de vivir.

A veces ese cuerpo paria es como un baúl pirata: lleno de tesoros por descubrir, pero perdido en ignotos fondos marinos. No hay mapas, pero no los necesitamos. El cuerpo somos nosotras.

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